La capital venezolana amanece bajo un velo de incertidumbre. Luego de la caída del régimen de Nicolás Maduro, Caracas experimenta un ambiente inusualmente contenido. Las principales avenidas muestran un tránsito mínimo, los comercios operan a media marcha y los ciudadanos circulan con cautela. No se ha decretado toque de queda, pero el comportamiento social refleja un repliegue generalizado, impulsado tanto por el temor como por la expectativa de lo que pueda venir.
Los sucesos de la captura de Maduro por un sector disidente de las Fuerzas Armadas han desencadenado una transición no anunciada y sin marco legal visible. Pese a la aparente restauración del orden, los mecanismos de poder permanecen fragmentados. La presidencia interina asumida por el general Domingo Hernández Lárez carece de un mandato constitucional reconocido y la Asamblea Nacional electa en 2020, dominada por el oficialismo, ha quedado en pausa operativa.
El factor económico ante la incertidumbre política
La respuesta ciudadana también ha sido económica. Durante la mañana del 5 de enero, los pocos supermercados abiertos registraron filas largas y compras de pánico. El acceso al efectivo en dólares, predominante en muchas zonas del país, se ha restringido en cuestión de horas. Asimismo, algunos negocios han cerrado por precaución ante posibles saqueos, aunque no se han reportado disturbios masivos.
El mercado interno permanece en compás de espera, con un sistema bancario que continúa operando pero con limitaciones en plataformas digitales. La tensión institucional no ha derivado en violencia, pero sí en parálisis. En este contexto, el control del aparato estatal y la legitimación del nuevo mando serán determinantes para la estabilización macroeconómica.
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