México enfrenta una creciente dependencia del maíz extranjero para cubrir su consumo total. Estimaciones del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas señalan que el país producirá 23.5 millones de toneladas durante 2026, frente a una demanda aproximada de 48.2 millones.
Con estas cifras, la producción nacional cubriría alrededor de 49% del consumo, mientras que las importaciones aportarían el 51% restante. El volumen comprado en otros países podría alcanzar 24.8 millones de toneladas al cierre del año, una cifra superior a la registrada en 2025.
Sin embargo, el panorama cambia según el tipo de grano. México mantiene una elevada producción de maíz blanco destinado principalmente al consumo humano, mientras que la mayor dependencia se concentra en el maíz amarillo utilizado por las industrias pecuaria y alimentaria.
La producción nacional pierde terreno frente al consumo
Entre 2017 y 2026, la producción mexicana de maíz disminuyó de 27.7 a 23.5 millones de toneladas. Durante el mismo periodo, el consumo aumentó de 40.3 a 48.2 millones, ampliando la diferencia que debe cubrirse mediante compras externas.
Especialistas relacionan esta caída con los altos costos de producción, la falta de financiamiento competitivo, los seguros agrícolas insuficientes y las condiciones climáticas. También advierten que parte de la superficie anteriormente destinada al cultivo dejó de utilizarse.
El problema afecta especialmente a los pequeños agricultores. Cerca de 82% de los productores trabaja parcelas menores a cinco hectáreas de temporal, donde los rendimientos promedio se mantienen por debajo de los obtenidos en sistemas tecnificados.
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El maíz amarillo concentra las compras internacionales
La Secretaría de Agricultura sostiene que el abasto de maíz blanco para consumo humano se mantiene principalmente con producción nacional. Para el ciclo de octubre de 2025 a septiembre de 2026, estimó una producción de 22.1 millones de toneladas frente a un consumo humano de 19.4 millones.
La situación es diferente en el maíz amarillo. Este grano alimenta a las cadenas de producción de pollo, huevo, carne de cerdo y ganado, además de utilizarse en distintos procesos industriales. El crecimiento de estas actividades aumentó la demanda y, con ello, las importaciones.
Reducir la dependencia requiere una estrategia de largo plazo que combine crédito, seguros, asistencia técnica, semillas mejoradas, tecnificación y certidumbre para comercializar las cosechas. El reto no consiste solamente en producir más, sino en fortalecer la rentabilidad de los agricultores y disminuir la exposición a cambios internacionales de precios y logística.











