Mercados

Pérdida de tomate revela fallas en la cadena alimentaria

Un alimento tan cotidiano como el tomate esconde un problema silencioso en la cadena alimentaria. Antes de llegar a la mesa de los consumidores, una gran parte de esta fruta se pierde en el camino entre el campo, el transporte y los mercados mayoristas.

En México, alrededor de una tercera parte de los alimentos producidos en el campo se pierde antes de llegar al consumidor, y el tomate se encuentra entre los productos más afectados por esta situación. En algunas centrales de abasto del país se desecha entre el 40 y el 50 % del jitomate que llega para su comercialización.

Las causas son diversas. El manejo inadecuado durante la cosecha, problemas logísticos en el transporte, variaciones en la demanda del mercado y factores climáticos pueden deteriorar rápidamente este producto altamente perecedero.

Pérdida de tomate y su impacto económico y ambiental

El desperdicio de tomate no solo implica pérdidas económicas para productores y comerciantes. También genera costos ambientales relacionados con el uso de agua, energía y combustibles utilizados durante su cultivo y distribución.

Investigadores de la EGADE Business School y de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey desarrollan un proyecto para analizar estas pérdidas a lo largo de toda la cadena de suministro en Nuevo León. El objetivo es identificar los puntos críticos donde ocurre el desperdicio y proponer soluciones para reducirlo.

El estudio utiliza el modelo Lifecycle Sustainability Assessment, que evalúa el impacto ambiental, económico y social del tomate desde la producción en el campo hasta su comercialización en mercados urbanos. Este enfoque permite entender cómo cada etapa contribuye al desperdicio total.

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Tecnología y economía circular para reducir la pérdida de tomate

El proyecto también incorpora herramientas de inteligencia artificial para analizar datos históricos de producción y detectar patrones de merma. Con esta información, se busca anticipar temporadas de mayor pérdida y mejorar la toma de decisiones en la cadena de suministro.

Además, los investigadores exploran estrategias de economía circular para aprovechar el tomate que ya no puede venderse fresco. Este producto podría utilizarse en la elaboración de alimentos procesados u otros derivados, reduciendo así el desperdicio total.

Los resultados de estas investigaciones también podrían apoyar el diseño de políticas públicas para combatir el desperdicio de alimentos y fortalecer la seguridad alimentaria en el país.

REDACCIÓN

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